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Transición energética: sin gestión, no es sostenible

Cuando entre en vigor el ETS2, los proveedores de combustible deberán pagar por las emisiones del transporte terrestre. Pero a Ramón Valdivia, vicepresidente ejecutivo de Astic, no le cabe duda de que el coste se trasladará de las empresas transportistas.

Publicado: 17/03/2026 ·11:44
Actualizado: 17/03/2026 · 11:44
  • Ramón Valdivia defiende que las empresas de transporte ya están inmersas en la transición ecológica.

El transporte por carretera es uno de esos sectores que sólo pasan a primer plano cuando algo falla. Mientras funciona, nuestra actividad pasa inadvertida, pero si se interrumpe… ¡ay, si se interrumpe! Quizá por eso, en nuestro mundo, tenemos una mirada pragmática, contemplamos la realidad sin adornos, por ejemplo, la famosa "transición energética".

Muchas de nuestras empresas ya están inmersas en ella, no desde la retórica, sino desde la gestión diaria: mejorando su eficiencia, renovando flotas, optimizando rutas, digitalizando operaciones, explorando nuevas energías y formando a sus equipos. No se trata de un compromiso cosmético ni de una respuesta de escaparate. Se trata de decisiones concretas, pegadas al terreno, tan reales como los camiones que cada día sostienen el abastecimiento, la industria y el comercio.

El ETS2 no debe verse como una cuestión técnica menor, sino como un verdadero cambio de reglas

Con idéntico pragmatismo hay que señalar las dificultades con que, en esa transición, nos topamos. Porque ni la tecnología, ni la economía avanzan al ritmo que marcan los calendarios políticos. En el transporte pesado de larga distancia, la descarbonización completa aún no está disponible en condiciones plenamente viables. Existen tecnologías prometedoras, sin duda, pero su nivel de madurez, su autonomía, la infraestructura necesaria y su coste siguen siendo muy dispares. Y ninguna, por ahora, es capaz de afrontar la complejidad operativa a la que se enfrentan nuestras empresas que siguen prestando servicio en el mundo real con recorridos de miles de kilómetros, cargas exigentes, pasos fronterizos, plazos ajustados y clientes que esperan algo tan simple en apariencia como decisivo en la práctica: que la mercancía llegue a tiempo y en perfectas condiciones. En esas condiciones, nuestras empresas, no se han quedado paralizadas esperando la solución mágica, están actuando sobre lo que sí está en su mano. Lo hacemos, además, en conexión con iniciativas como Empresas por la Movilidad Sostenible (EMS), de la que formamos parte desde su creación. Esta misma semana, EMS nos ha concedido un reconocimiento en su Summit número 10, que valora, entre otras cuestiones, nuestro papel para integrar dicha plataforma en el Green Compact de la IRU, una hoja de ruta global orientada a alcanzar la neutralidad de emisiones en el transporte por carretera en 2050.

Es en este contexto en el que está llegando el famoso ETS2 que nos hará pagar por cada tonelada de CO2 que emitamos. La obligación formal, es cierto, recaerá sobre los proveedores de combustible, pero el efecto económico final será, sin duda ninguan, que el coste del carbono incorporado al carburante entrará de lleno en la estructura de costes de las empresas transportistas, con lo que el carbono pasa a conformar otra nueva línea de costes en la cuenta de resultados.

Y con los costes solo caben dos opciones: o los gestionamos nosotros, o terminan gestionándonos ellos a nosotros. Por eso, creo yo, el ETS2 no debe verse como una cuestión técnica menor, sino como un verdadero cambio de reglas. Mal gestionado, puede añadir una presión insoportable sobre márgenes ya estrechos. Bien gestionado, puede convertirse en un estímulo para invertir mejor, ganar eficiencia y reforzar competitividad comercial. En el fondo, la cuestión es bastante sencilla: la sostenibilidad, si no se gestiona bien, deja de ser sostenible.

Mientras madura la tecnología que permita descarbonizar más y mejor, veo dos vías complementarias. La primera ya está en marcha, como decía antes: reducir consumos, emisiones e ineficiencias; mejorar flotas, afinar operaciones, optimizar el uso de la energía y apoyarse en herramientas digitales. No hay nada ideológico en ello. Hay gestión, rigor y sentido empresarial.

La segunda vía consiste en actuar sobre aquello que todavía no podemos eliminar por completo. Ahí encajan los mercados voluntarios de carbono de alta integridad y las soluciones basadas en la naturaleza. Desde esa lógica nace Bosques y Movilidad, una iniciativa de Fundación Corell y Astic que responde a un planteamiento muy simple: medir, reducir y, cuando el cliente lo requiera, compensar; compensar no como coartada, sino como elemento de gestión empresarial del carbono con orden, criterio y previsión, al tiempo que avanzamos en favor de la biodiversidad, la resiliencia territorial y el desarrollo rural.

Porque muy pronto ya no bastará con hablar de precio por kilómetro. También habrá que demostrar una huella trazable, acreditar qué se está haciendo para reducirla y explicar cómo se gestiona lo que aún no puede eliminarse del todo.

El cambio está ocurriendo ya, no es una cuestión futura; de nosotros depende que sepamos transformar una presión regulatoria creciente en una ventaja competitiva real. Así que la cuestión no es si el sector va a cambiar, sino si seremos capaces de hacerlo de forma viable, justa y competitiva.

No necesitamos competir por prometer más que nadie. Necesitamos competir por implantar mejor que nadie.

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